Método biointensivo: de un suelo barroso a una mesa llena de alimentos frescos y nutritivos
19 septiembre 2025
En la comunidad Ebenezer, en el municipio de San Carlos, Río San Juan, Mercedes decidió que la tierra podía ser su aliada. Mercedes Espinoza, junto a su esposo Jesús Bellorín, transformó un pedazo de suelo barroso en un huerto familiar que hoy alimenta a su familia, reduce gastos y abre la puerta a un futuro más fértil.
Con técnica y constancia es posible convertir un suelo barroso en alimentos frescos, con buen sabor y nutritivos, trabajar el huerto no es pesado para las mujeres, solo hay que echarle ganas. Lo que comenzó con un azadón y mucha incertidumbre, se convirtió en buenas cosechas que aseguran la alimentación en el hogar, gracias el método biointensivo.
El inicio: sembrar en tierra lodosa
La decisión de iniciar el huerto a solo 15 metros de la casa se tomó en agosto del 2024, apenas tres meses después de que Mercedes y Jesús llegaran a la comunidad Ebenezer, a 44 km de San Carlos. Una conversación con Miguel Cortéz, técnico de la organización Asociación para el Desarrollo Local Ecosostenible en Río San Juan (ASODELCO), fue la chispa que encendió la idea.
El huerto nació con herramientas mínimas: un azadón y la voluntad de probar algo nuevo. Al mes, llegaron el palín, la regadera y otros implementos que permitieron hacer el doble excavado y construir las primeras camas de cultivo, gracias al Proyecto Cacao Sostenible, financiado por la Cooperación Española.
De los dos, Mercedes fue la única que recibió capacitación en el método de cultivo biointensivo; un sistema de cultivo a pequeña escala, que usa insumos locales, mejora la fertilidad del suelo y disminuye la necesidad de agua, pesticidas y fertilizantes químicos.
El reto inicial fue físico y emocional, “el excavado fue duro, nunca había hecho algo así”, recuerda Mercedes. Pero la disciplina y el apoyo de Jesús hicieron posible que el huerto naciera. Antes, sembraban sandía de manera tradicional, lanzando la semilla al centro del montículo. El método biointensivo, en cambio, les enseñó que la tierra requiere preparación, enmiendas, nutrición, constancia y técnica.
El método está siendo promovido por Amigas de la Tierra España en Nicaragua desde hace más de una década, asegura Oscar Bermúdez, técnico de la organización. “Consta de 8 principios para maximizar la producción en poco espacio, incluyendo la doble excavación del suelo, el uso de composta para nutrirlo, la siembra cercana, la asociación y rotación de cultivos, el uso de semillas criollas, la producción de cultivos de carbono y calorías para la dieta, integrando todo para la autosuficiencia alimentaria y la salud del suelo”.
La primera cosecha: sabor a independencia
El primer ciclo fue modesto, pero revelador. “Tomates, chiltomas, pepinos, repollos medianos, zanahorias, remolachas, pipián, ayote, chiles jalapeños, frijol vara y hasta brócoli”, llenaron la mesa de la familia. Parte de la cosecha se vendió, lo que les permitió comprar aceite, azúcar, arroz y sal; el resto se consumió en casa.
La diferencia fue inmediata: dejaron de gastar en productos básicos como tomate, cebolla, chiltoma, pepino, repollo. Donde el precio de un repollo ronda los 70 córdobas y un pepino cuesta entre 15 y 20; los números eran claros. De una sola mata obtuvieron 60 pepinos, y de un pequeño espacio de repollo, 40 unidades medianas. La rentabilidad del huerto se convirtió en un alivio económico.
Más allá de los números, la calidad sorprendió, “las chiltomas se sienten pesadas, las del mercado parecen espuma”, dice Mercedes. La dieta también cambió: probaron picadillo de hojas verdes de brócoli con remolacha, ensaladas, alimentos que antes no figuraban en su mesa. La seguridad alimentaria dejó de ser un concepto abstracto y se convirtió en una experiencia cotidiana.
Aquí la clave fueron los almácigos, mismos que ahora están en la parte externa del huerto y se preparan para cada nuevo ciclo productivo, de los cuáles llevan 3. Para Mercedes, los almácigos son lo mejor, “agarro del almácigo la planta que me va a servir, la siembro sin temor a que me dé o no me dé”.
El segundo ciclo: confianza y aprendizajes
En el ciclo de postrera, Mercedes sembró repollo, remolacha, zanahoria, papaya, tomate, zanahoria, chile jalapeño, tomate y jamaica. Prefiere los almácigos antes de la siembra directa, “así sé que la planta va a servir”, explica. Aunque algunos cultivos no prosperaron como esperaba, la confianza en el método se consolidó.
El huerto se convirtió en un espacio de enseñanza para los dos y para otras productoras de huertos biointensivos de San Carlos y Los Guatuzos, de hecho el Huerto Ebenezer se convirtió en un local de aprendizaje e intercambio de experiencias. Mercedes y Jesús aconsejan sobre diversos aspectos como por ejemplo cercar los huertos, para evitar daños por cerdos y gallinas; o sobre como el bambú es el aliado perfecto para proteger los cultivos, Jesús además insiste en la necesidad de organizarse en grupos para enfrentar las plagas y compartir aprendizajes.
Más allá del huerto: género y seguridad alimentaria
El próximo paso es elaborar abono orgánico, una deuda pendiente que tienen con el método, uno de los ocho principios. Hasta ahora, no han logrado producir una buena composta. También enfrentan el desafío de expandir el huerto en terrenos donde la tierra fértil es superficial y el barro aparece a escasa profundidad. La solución pasará por elevar las camas de cultivo, una técnica que requiere más esfuerzo, pero garantiza buenos resultados.
Espinoza sueña con capacitaciones adicionales: “recetas para aprovechar mejor los productos, técnicas de control de plagas y nuevas formas de conservar semillas”. Está convencida de que trabajar el huerto no es pesado para las mujeres, solo hay que echarle ganas.
En un país donde la agricultura familiar sostiene gran parte de la alimentación, el liderazgo femenino en los huertos biointensivos abre caminos hacia la autonomía económica y la seguridad alimentaria.
El ahorro logrado por la familia es significativo: han dejado de gastar en productos básicos y con las ventas han podido cubrir cubrir necesidades domésticas. Cada cosecha exitosa del huerto es una victoria contra la dependencia del mercado y la carestía de la vida.
La técnica, disciplina y voluntad, incluso un suelo malo, puede transformarse en alimento, ahorro, buena nutrición y el inicio de una mejor economía. Sin duda, la tierra responde al esfuerzo humano.