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Ganaderas en ecológico y extensivo, su lucha por un sistema alimentario más justo y saludable

Ana, o la ganadería ecológica en tiempos de pandemia

El trabajo ya era duro y cuesta arriba antes de la crisis sanitaria. Duro, pero bonito, motivador. Ahora, la pandemia de COVID-19 lo ha puesto más difícil. Ana Ruiz de Ozaeta, ganadera y agricultora, desarrolla un proyecto agroecológico entre las sierras de Guadarrama y Ayllón. Un sistema sostenible al que la crisis sanitaria le ha puesto más palos en las ruedas: aunque siguen trabajando, la distribución y la venta cuestan más de lo normal. No disponen de la logística necesaria para estos tiempos de distanciamientos social. Su principal fuente de ingresos es la venta directa que ha quedado completamente paralizada. En definitiva, no hay bastantes ingresos, y sí gastos de mantenimiento.

«Sentimos que aportamos y que nos queda mucho que aportar. Trabajamos un nuevo modelo de gestión de la tierra, un sistema productivo sostenible respetuoso con el medio ambiente. Y es que tenemos que entender que dentro de una misma granja no todo tiene por qué ser productivo», cuenta Ana que, aunque villalbina, es hija adoptiva de Montejo de la Sierra y lanzó esta aventura hace más de siete años.

En este pequeño rincón de la biosfera llamado Sierra del Rincón, pastan ovejas y cabras, los amarillos y ocres de la meseta pasan a los verdes lechuga y musgo que tanto asociamos a los rincones norteños de la geografía. Es aquí donde Ana, propietaria de la Granja Prados Montes, se ha convertido en sinónimo de soberanía alimentaria que trata de permanecer en medio de una pandemia que lo está cambiando todo y subrayando la importancia del sector primario.

Con todo, esta nueva pobladora no se resigna. Lleva mucho tiempo luchando contra las adversidades para levantar su proyecto con el apoyo de su pareja Guillermo, y esto será un obstáculo más de todos lo que ya han superado. Entró de nuevas en un municipio y en un sector que no le eran propios, dificultades que se suman a ser mujer, y a liderar no solo un proyecto agroecológico, sino holístico, lo que implica que, al englobar tantos frentes, las pruebas burocráticas que ha tenido que afrontar no han sido pan comido ni mucho menos.

Holístico implica que el sistema intenta cerrar todos los ciclos naturales posibles. «Las ovejas nos dan el estiércol para abonar las plantas, las plantas dan polen para las abejas, las abejas nos dan miel, las lombrices hacen el compost para las plantas…», describe.

Gracias al proyecto establecen corredores naturales donde pueden sobrevivir las especies silvestres, sitios donde se cede ante la naturaleza, espacios simplemente sostenibles y otros espacios donde la productividad y la sostenibilidad se dan la mano en un modelo defendido por organizaciones ambientalistas como Amigos de la Tierra.

La Granja Prados Montes cuenta con ovejas, cabras, abejas, lombrices, frutos rojos, árboles frutales, huertas, gallinas, un bosque comestible, y por supuesto grandes espacios donde la naturaleza campa a sus anchas y los prados cuentan con el cariño y el tiempo necesario para poder regenerarse.

Unas cien ovejas de raza colmenareña, autóctonas de Madrid, en peligro de extinción conforman el rebaño de Ana. Una vez más la productividad no es la principal motivación para haberse hecho con un ganado de estas características. Cuenta que son las que mejor se adaptan al clima de alta montaña, que comen de todo y son las más fuertes, que mantienen vivo y fértil el suelo y limpian el bosque de maleza, evitando posibles incendios. La raza en sí está protegida porque no se considera productiva, sin embargo, estos agricultores han sabido integrarla dentro de su proyecto.

Pero ¿cómo consiguen que se regenere el suelo? Con el pastoreo racional voisin. Con este método se plantean corrales temporales que van cambiando de forma periódica. Hoy están en un pasto, y pasarán dos o tres meses hasta que vuelvan al mismo sitio. Esto hace que el suelo se nutra de nuevo, que el pasto vuelva a crecer y que la biodiversidad funcione.

No nos deja de sorprender la variedad de biodiversidad que aglutina esta granja de reconversión a ecológico en agricultura y en apicultura. Los frutales son una de las joyas de la corona de este gran jardín comestible de dos hectáreas.

Ana tiene las cosas muy claras, y con cada explicación y comentario deja ver que ella también está plenamente integrada en los ciclos naturales a los que acompaña cada día. «Yo no hago nada que no hayan hecho las mujeres antes. Lo que nos diferencia es que yo cotizo a la seguridad social y ellas no cotizaban. Yo soy titular principal de la ganadería y agricultura, y ellas no lo eran. Pero no hacemos nada que no hayan hecho nuestras abuelas».

La soberanía alimentaria, la resiliencia se construye día a día, las ganaderas ecológicas extensivas lo hacen todos los días.

No vendemos carne, vendemos un proyecto de vida

A finales de febrero, en un día que amanece soleado y caluroso para las fechas que son, visitamos en Cenicientos a Marina y su hermano Rodrigo, ganaderos e impulsores del proyecto Vacanegra.

En estos días aún no ha llegado a nuestras vidas la crisis del coronavirus y pasamos una jornada conociendo el trabajo de esta ganadería ecológica y extensiva, que se desarrolla en 500 hectáreas de una dehesa de praderas y pastos en la Comunidad de Madrid, limítrofe ya con Ávila y Toledo.

Vacanegra es una ganadería familiar en extensivo que el padre de estos dos hermanos montó en los años 70. Rodrigo se incorporó el primero a trabajar, ayudando a llevar la explotación y a comercializar el producto. Marina, a la que siempre le había gustado el campo, se incorporó más tarde, tras terminar los estudios de Ciencias Ambientales. Juntos decidieron introducir una raza autóctona, la avileña-negra ibérica, y en el año 2000 se certificaron en ecológico.

Marina nos cuenta, mientras alimenta a los animales, que “las razas autóctonas son recias, robustas, con un instinto maternal muy fuerte y que van en manada”. Por contra, nos dice que otras razas como la Charolais, la prototípica vaca a la que estamos acostumbrados en los anuncios, “son muy bonitas para una feria o un establo, pero no tienen condiciones para vivir en el campo”.

“La clave es llevar la carne del campo al consumidor sin intermediarios” Según afirman y podemos comprobar, este proyecto de ganadería ecológica y extensiva es una forma de vida completa, donde integran todo el ciclo productivo y reproductivo del campo. Desde la cría de animales, la producción de pastos y forrajes para su alimento y la conservación de los montes, hasta el sacrificio de los animales y su venta directa a grupos de consumo, a través de la tienda online o en su propio puesto en un mercado de abastos de Madrid.

Su trabajo en la finca pone en evidencia lo poco que conocemos sobre las tareas y responsabilidades de las personas que cuidan el ganado. Marina asegura que “los consumidores no somos conscientes de que, con cada decisión de compra, influimos muchísimo en el modelo de producción de la agricultura y la ganadería”. Según ella, “la clave es llevar la carne del campo al consumidor sin intermediarios”. Las inclemencias climatológicas hacen que cualquier imprevisto encarezca el producto y el no tener intermediarios da margen para poder repercutir costes no previstos.

Su hermano Rodrigo señala que ellos no venden carne, que ellos venden un proyecto. “Un modo de vida, un modo de producir y consumir alimentos. Mantener una raza, mantener el campo. Al final es una filosofía, por salud, por conservación del medio ambiente y por el bienestar animal”.

En la actualidad, Marina es la encargada de la gestión de la empresa y de la comercialización de los productos. Una responsabilidad que compagina con la crianza de sus tres hijos, uno de ellos de ocho meses. Cuenta que “a la hora de conciliar se hace difícil”, ya que no ha podido disfrutar de un tiempo para la crianza en exclusiva, porque la prestación de baja por maternidad como autónomo no te da para contratar a otra persona. “Las tareas hay que hacerlas y si yo no las hago, alguien las tiene que hacer…”, relata.

En el viaje de vuelta a Madrid puedo comprobar como las palabras de Marina que resuenan en mi cabeza son una realidad. El campo está abandonado por las administraciones públicas. Se ven tierras sin trabajar o zonas de bosque mal gestionadas, que ocasionan incendios como el que asoló el año pasado esta zona con cerca de mil hectáreas calcinadas. Marina nos comentaba que eso pasa porque “ya no se cuida el monte, no hay pastoreo, ya no hay ganadería porque es muy difícil y porque al final la rentabilidad es muy escasa y a la gente no le compensa”.

Pero este abandono no solo se refleja en sus paisajes, en los pueblos se aprecia también la escasez de medios, la falta de acceso a la sanidad, la inexistencia de colegios. La comparativa con las ciudades se torna insultante.

“Los consumidores no somos conscientes de que, con cada decisión de compra, influimos muchísimo en el modelo de producción de la agricultura y la ganadería”
Ya en casa, escribiendo este artículo me viene a la memoria la escena de una bandada de buitres que sobrevolaba la manada de vacas de estos dos hermanos. Recuerdo que Marina nos comentaba que desde la crisis de las vacas locas está prohibido dejar restos animales muertos en el campo y que, desde entonces, los buitres pasan hambre. Esta circunstancia ha hecho que los buitres hayan dejado de ser carroñeros, para convertirse en una amenaza para aquellas vacas más jóvenes o débiles, que pueden sufrir sus ataques. Es una verdadera preocupación en el campo, según me comentaba.

Estos buitres ilustran los efectos de la acción humana sobre la alteración de los ecosistemas y el arduo trabajo que realizan ganaderos y ganaderas, como Marina y Rodrigo, no solo en producir alimentos saludables, sino también en cuidar una biodiversidad muy frágil. En estos días de restricciones por la crisis sanitaria del coronavirus, esa fragilidad se hace más patente.

La lucha diaria de estas personas es la lucha por un sistema alimentario más justo y saludable para las personas y para el planeta. Ahora más que nunca se hace necesario que cuando compremos alimentos, compremos también proyectos que den vida. Es necesario apostar que la clase política apueste por este modelo y lo fomente en la Política Agraria Común (PAC). Apostemos por la agroecología y por las personas que la sustentan.

Pilar, una luchadora agroecológica frente al Goliat industrial

Pilar es una heroína del campo que con sus gallinas ha hecho del amor por la naturaleza su forma de vida.

Pilar trabajaba en una fábrica y cansada de la cantidad de horas que pasaba fuera de casa, decidió cambiar de vida y apostar por estar cerca de sus seres queridos y en el entorno rural al que pertenecía. Así fue como comenzó su granja de gallinas: El Majadal.

En la actualidad Pilar es una más de las ganaderas agroecológicas de las que tan poco sabemos y que tanto hacen por nuestro entorno. Vive en Maello, un pueblo abulense de unos 300 habitantes. Y justo el doble, 600, son las gallinas de las que cuida cada día en su granja. Pilar eligió esta forma de vida, consciente del sacrificio que implicaba, pero a la vez haciendo algo que considera coherente con su forma de ver la vida. El camino que ha elegido, a pesar de no ser un camino fácil, es de un valor incalculable, ya que con su trabajo y sacrificio contribuye cada día en la mejora del ecosistema en el que habita ella, su familia y sus vecinos y vecinas.

Así como su padre tuvo cerdos, Pilar eligió las gallinas y es feliz con ellas. Ella controla todo el proceso, y está orgullosa de su granja El Majadal, una granja familiar basada en la agroecología, con canales cortos de comercialización y que promueve un modelo de alimentación saludable y un mundo rural vivo.

El bienestar de sus gallinas lo consigue a través de una dieta sana y equilibrada, además de ecológica. Cada día acceden libremente al exterior durante todo el día y en el gallinero encuentran un ambiente de descanso óptimo, donde sus ciclos naturales son respetados.

Los canales de comercialización donde Pilar lleva su producto son los grupos de consumo de productos ecológicos y algunas tiendas que sí demandan huevos 100% ecológicos. Con la actual crisis del coronavirus, continúa repartiendo a las tiendas, y a más de la mitad de los grupos de consumo. De hecho, en esta crisis sanitaria donde vemos muchos ejemplos de comunidad y ayuda mutua, otros grupos a los que no sirve no han dudado en ofrecerle colaboración en caso de necesitarla.

Para ella, el término agroecológico le hace pensar en el pasado, considera que era el modelo que conocieron sus padres y abuelos y está orgullosa de poder dedicarse a él y de poder transmitírselo a los suyos. Es el modelo sano y sostenible que debería imponerse en los hábitos de consumo alimentario actual.

Por el contrario, es un hecho, y ella así lo constata, que las administraciones destinan las ayudas a la producción industrial, y esto hace muy difícil que el camino que ha elegido Pilar y otras muchas ganaderas, un camino de respeto por la naturaleza por el bienestar animal y por la salud de las personas, sea un camino de rosas.

Debido a la producción industrial, en la que prima la producción indiscriminada sin tener en cuenta el bienestar animal ni la salud de las personas y mucho menos la del entorno, la competencia es feroz. Para colmo los supermercados ahora llenan orgullosos sus diferenciales de los llamados huevos camperos, que distan mucho de ser huevos ecológicos, ya que las gallinas camperas solo pasan unas horas en libertad, y su alimentación no es ecológica. Pilar, como tantas, encuentra imposible poder situar sus huevos ecológicos en el mercado a un precio similar.

Su forma de vida es un respeto continuo por la naturaleza, sin embargo, es innegable la dificultad de mantener en pie su negocio. Pilar se siente desamparada por el sistema, y realmente cree que, si se apoyaran más estos proyectos, lo ecológico no saldría tan caro y todas las personas podrían optar a comer más sano y contribuir con un mundo rural vivo.

Desde Amigos de la Tierra queremos dar visibilidad a Pilar, a sus gallinas y a su forma de vida. Su trabajo es su pasión, y esa exquisitez en el trato a sus gallinas y al entorno rural en el que viven debería estar más protegido y cuidado por parte de la Política Agraria Común (PAC), que realmente debería promover una dieta saludable para la gente y el planeta, y dejar de fomentar el modelo de consumo y producción industrial al que destinan sus ayudas.

No dejaremos de apoyar lo que consideramos justo para las personas y para el planeta, defenderemos y estaremos junto a Pilar y junto a aquellas personas que cuidan de nuestros ecosistemas, a través de un constante respeto por la vida.

 

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